27 enero 2026

El día que Oriana Fallaci me vio desnudo


Fragmento de la novela
Los mudos de la montaña, publicado por Diario de Cuba. El libro está disponible en todas las tiendas de Amazon.


El dolor era cada vez mayor. La voz del profesor sonaba como un martillazo en mi cabeza. Tenía un libro en la mano y hablaba de él apasionadamente. Lo abría, lo cerraba, hacía sonar las hojas al pasarlas hacia adelante y hacia atrás como si fueran un manojo de cartas. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  

Cada uno de esos sonidos retumbaba en mi sien de manera estremecedora. Intentaba sobreponerme a aquellos profundos latidos para escuchar la presentación de Oriana Fallaci, la periodista, escritora y reportera de guerra italiana. 

—Era incisiva, apasionada, personal hasta la insolencia —subrayó el profesor—. Sus entrevistas se leen como si fueran obras de teatro.

Luego, mientras comentaba su labor como reportera de guerra, hizo sonar otra vez las páginas del libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Dijo que los reportes de Oriana para la revista italiana L’Europeo son clásicos del género, porque su periodismo era narrativo, literario, subjetivo.

—Cubrió la guerra de Vietnam —detalló el profesor—, el conflicto en Oriente Medio, la matanza de Tlatelolco en México, donde fue herida de bala, y la guerra indo-pakistaní. 

—También la invasión soviética de Checoslovaquia —le recordó Chinea, uno de mis compañeros de aula.

El profesor no supo cómo manejar aquel dato y prefirió hacer sonar otra vez el libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Luego, cuando se apagaron los murmullos, recalcó que el periodismo de Fallaci era profundamente comprometido, y que en sus crónicas mezclaba hechos, emociones y reflexiones filosóficas.

El dolor era ya insoportable. Había comenzado la presentación de las personalidades incluidas en Entrevista con la historia. Aquellos nombres sonaban como un tambor dentro de mi cabeza. Sentía unos latidos muy fuertes en la encía, como si el corazón estuviera enviando toda mi sangre hacia allí.

Henry Kissinger, ¡pum!, Nguyen Van Thieu, ¡pum!, el general Giap, ¡pum!, Norodom Sihanuk, ¡pum!, Golda Meir, ¡pum! Yasser Arafat, ¡pum! George Habash, ¡pum!, Hussein de Jordania, ¡pum!, Indira Gandhi, ¡pum!, Zulfikar Ali Bhutto, ¡pum!, Mohamed Reza Pahlevi, ¡pum!, Hailé Selassié, ¡pum! 

No pude más, tuve que taparme los oídos con las palmas de las manos. El profesor me preguntó qué me pasaba y hundí mi dedo índice justo donde acababan mis muelas y comenzaba aquel dolor que ya se extendía al oído, el cuello y la sien. El sol me molestaba tanto como los sonidos. 

En la enfermería de la residencia me dieron una pastilla para el dolor. Subí al albergue y me cubrí la cabeza con la almohada. Me dormí profundamente durante tres horas, porque ya eran pasadas las doce del mediodía cuando me despertaron.

La luz que entraba por la ventana me cegó, y por eso tardé en reconocer el rostro de Dania.

—¿Qué haces aquí?

—Ya ves qué bien funciona mi red de espionaje —dijo, mientras se sentaba en el borde de mi cama—. Me dijeron que te dolía una muela.

—Parece que es una del juicio.

—Vamos para el dentista.

—De la enfermería me avisarán cuando consigan el turno.

—Ya lo conseguí.

—¿Dónde?

—¿Vas a dejar que me ocupe o no?

El odontólogo nos estaba esperando y, después de hacerme una radiografía, comprobó lo peor. Se trataba de un cordal retenido y era necesario hacerme un procedimiento quirúrgico para extraérmelo. Aunque no había anestesia disponible para los pacientes, él me puso una de las que tenía reservadas para “casos como el mío”.

—Ay, muchas gracias, doctor —le dijo Dania cuando supo que no me harían el procedimiento a sangre fría.

—¿Y tus padres? —le preguntó el doctor mientras introducía una enorme aguja en mi boca.

—Anoche se fueron para España —respondió Dania mientras yo me sujetaba a los brazos del sillón como si estuviera a punto de descender en la montaña rusa del Coney Island.

—Oye, no se bajan del avión —dijo el doctor mientras me daba otro pinchazo y Dania se ocupaba de secarme los lagrimones que me corrían por la cara.

—Figúrate.

—¿Y cuándo vuelven?

—En quince días.

—Si trae un buen rifle escocés, dile que me invite.

—Seguro —respondió Dania mientras me pasaba la mano por la cabeza.

—Y recuérdale que ya le toca pasar por aquí.

—Tú sabes que hasta hoy tuvo el récord mundial de miedo al dentista.

—¿Tuvo?

—¿No estás viendo que se lo acaban de romper?

Ambos rieron mientras el doctor bajaba el sillón para que yo pudiera levantarme. Fui a darle las gracias al doctor, pero la lengua totalmente anestesiada no me lo permitió. Me indicó tres días de reposo y me recetó unas pastillas que no tuvimos que comprar, porque antes Dania le preguntó si el Nolotil funcionaba. 

—Sí, eso es metamizol sódico, es decir, dipirona —precisó.

—Tengo un frasco en la casa, mis padres lo trajeron de España.

Durante las primeras veinticuatro horas debía hacer reposo absoluto, con la cabeza ligeramente elevada con dos almohadas para ayudar a reducir la inflamación y el sangrado. También debía ponerme bolsas de hielo durante diez o quince minutos cada una hora.

—No puedes beber alcohol ni fumar —agregó el doctor.

—Él no soporta ni que fumen cerca de él —comentó Dania con sarcasmo.

—Y, por supuesto, nada de sexo.

—Hasta donde sé, no tiene con quién —replicó ella con total naturalidad—. La que parecía que iba a ser su novia acabó con un pianista.

Volvieron a reír, yo apenas pude esbozar una adolorida sonrisa. Ya en la calle, le dije a Dania que me era imposible seguir el tratamiento porque solo tenía una almohada y en la residencia no había hielo. Ella me respondió que eso era demasiada mala suerte y sacó un cigarrillo de su cartera Christian Dior.

Tomamos un taxi. Cuando ella fue a darle la dirección de su casa al taxista, la interrumpí. Prefería ir directo a la residencia para acostarme lo antes posible. Ella le ordenó que no me hiciera caso y repitió su dirección. Su casa se parecía a la de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo. 

A pesar de la molestia que sentía y de los deseos de acostarme, no pude disimular mi asombro ante aquellos cuadros. Había varios desnudos de Servando, una catedral de Portocarrero, un gallo de Mariano, una cafetera de Acosta León y una naturaleza muerta de Amelia.

—¿Quieres acostarte o seguir viendo los cuadros?

—Ah, sí, bueno ¿me buscas las pastillas?

—Ven, anda.

Subimos unas escaleras que conducían a un recibidor. Dania abrió una de las puertas, era la de su habitación. Sacó de la cómoda un pulóver y un pantalón de pijama. Me ordenó que me los pusiera mientras ella iba a buscar agua para la pastilla. No sé si era por el efecto de la anestesia, pero me parecía haber entrado en otra dimensión.

Ante mi cara de desconcierto, me explicó que como sus padres estaban de viaje, podía hacer el reposo en su casa. Allí tenía las dos almohadas, la bolsa de hielo y la posibilidad de jugar a que yo era Frederic Henry y ella Catherine Barkley. Me preguntó si sabía quiénes eran. Le dije que sí con la cabeza, pero dudó.

Adiós a las armas —respondí trabajosamente, con la lengua todavía medio dormida por la anestesia.

 —Hay que reconocer que todavía en este país quedan estudiantes de periodismo con cierto nivel cultural.

Volvió con un vaso de agua en una bandeja donde también traía una edición en tapa dura de Entrevista con la historia, el libro que estábamos discutiendo en clase. Sacó un blúmer de otra gaveta de la cómoda y lo puso encima de la ropa que ya me había dado.

—Frederic Henry, por favor, cámbiese de ropa. 

Ella no se movió del lugar y no tuve alternativa, empecé a desnudarme. Siendo del todo honesto, cuando estuve sin nada, en ningún momento miró. Pero la Oriana Fallaci de la portada, sí. Aquellos ojos sagaces, a los que no se les escapaba nada, me miraron fijamente.

23 enero 2026

Alfredito Rodríguez


Hablé con él una sola vez. Fue durante una cena en casa de unos amigos comunes. En un momento nos quedamos solos en la sala y no nos quedó más remedio que ponernos a conversar. Me preguntó qué hacía y fui escueto, tratando de que el intercambio no se extendiera.
Pero él ahí encontró un hilo del que tiró con gracia, tino y elegancia. Poco después, ya yo estaba disfrutando muchísimo la charla con aquel hombre con el que, presuntamente, no tenía nada que ver. Cada tema de conversación que fuimos poniendo sobre la mesita, donde también estaban nuestros tragos, fue una delicia.
No recuerdo que habláramos de música. Ni siquiera le reconocí que a mi abuela Atlántida le brillaban los ojos cuando él aparecía en la borrosa pantalla de Juntos a las 9. Pero fue una maravilla oírlo recordar la Cuba de su infancia y una Habana, que ya no era la que vivíamos, pero de la que él seguía perdidamente enamorado.
—¡Que ciudad tan fascinante, chico! —dijo, y no me atreví a preguntarle si lo decía en presente o en pasado perfecto.
Repito lo mismo que han dicho ya muchos, de diferentes maneras, en estos días: aunque me perdí su música —por culpa de esa estrechez estética en la que fuimos educados—, estoy totalmente convencido de que fue uno de los artistas más honestos, consecuentes y valientes que ha tuvo Cuba desde 1959 hasta hoy.
Aunque no era un país para baladas, él nunca se dio por vencido y se las cantó siempre a esa inmensa mayoría que lo prefirió por encima de todos y de todo. Ya no me quedaba casi nada del país donde nací y crecí. Sin Alfredito Rodríguez, queda aún menos.

21 enero 2026

El Dodge Power Wagon de Serafín


Mi padre, Serafín Venegas, tuvo uno igual a este. En él subí por primera vez la Loma del Sijú, en la carretera de Manicaragua a Trinidad, que fue la más peligrosa de toda mi infancia. 
Tengo una marca en la cara que data de aqellos trayectos. Había sacado la cabeza, para ver el final del lago Hanabanilla en Guanayara, y una abeja me picó.
—Luego vemos qué te hizo —me dijo mi padre al verme adolorido—. Ahora mira lo lindo que se ve el lago allá abajo.
Esa frase no se me olvida, como todo lo que aprendí cada vez que el Dodge de mi padre me llevaba a enamorarme de las montañas.

08 enero 2026

Gracias otra vez, Iván Cañas

Ferrocarriles de Cuba (1965), © Iván Cañas. Foto tomada en la
antigua estación de Caibarién del ferrocarril Caibarién-Morón.

Les presento la cubierta de Carta de porte, mi nuevo libro de poemas y última pieza del tríptico que también componen Estación del Norte y Extraños. Ayer por la tarde, después de dar por concluidas las labores en Los mudos de la montaña, Leonardo Orozco —el diseñador de la colección— y yo admitimos que no estábamos conformes con lo que teníamos para Carta
Era el recibo del envío que hice, desde Camarones hasta mi casa en La Habana, de la máquina de coser Singer de mi abuela. Ya incapaz de c
oser, quería aprovechar su esqueleto como mesa. El documento tiene para mí un valor incalculable, pero no acababa de verse bien en la cubierta.
—Yo sé que tú encontrarás lo que va ahí —me dijo Leonardo—. Busca bien a tu alrededor.
Inmediatamente di con ella. La tenía justo a mi lado. Fue un regalo que me hizo Iván Cañas: una foto inédita suya de un furgón de expreso de los Ferrocarriles de Cuba. El día que me la dio, nos dimos todos los abrazos que nos debíamos y nos bebimos una botella de Brugal en el muellecito que él tenía en Miami.
Antes, otra fotografía que Iván me había regalado sería la portada de Contratiempo, un libro de poemas que nunca publiqué y que acabó formando parte de Papel carbón. Me hace muy feliz poder saldar esa vieja deuda con uno de los fotógrafos cubanos que más admiro.
Gracias otra vez, Iván Cañas. Cuánto me gustaría celebrar esto contigo en el muellecito.

07 enero 2026

LOS MUDOS DE LA MONTAÑA ya está disponible en Amazon


Inspirado por Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, un joven periodista pide ser enviado a un lugar remoto por algunos meses. Lo destinan al Escambray, una región donde veinte años atrás hubo una guerra de la que ya no se habla. Su misión es escribir sobre la vida campesina, pero en las montañas descubre silencios, traiciones y lealtades que lo marcarán profundamente.
A la vez, asistimos a la vida que, antes de viajar, compartía con su novia en una Habana luminosa y febril. Allí convive con figuras de la cultura y jóvenes artistas que se refugian en el arte y la creación para escapar de la realidad y la épica oficial. Entre la intensidad habanera y los secretos del monte se trenzan memoria, deseo y pérdida.
Los mudos de la montaña transcurre en la Cuba de los años ochenta, cuando el derrumbe era ya inminente, en vísperas de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Es el retrato de un país al borde de una mutación irreversible y de quienes, sin advertirlo, sostenían allí utopías individuales y colectivas.

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26 diciembre 2025

Agradecimientos por Los mudos de la montaña

En las ruinas de la Escuela Secundaria Básica de El Nicho,
uno de los escenarios de Los mudos de la montaña.

La mayoría de los escenarios de Los mudos de la montaña son reales, algunos de sus personajes también. Hay hechos que, aunque ocurrieron con años de diferencia, aquí coinciden en un mismo espacio de tiempo. Otros fueron cambiados de lugar por necesidades de la trama. 
Fui uno de los niños que inauguraron la escuela de El Nicho. Hice los mismos viajes de Mario a través del lago Hanabanilla. Solo que tuve que esperar mucho más que él para poder escribirlos. Algunas de las situaciones que le ocurren, me sucedieron a mí.
En la novela, el mundo de la escuela ya aparece en ruinas. Pero en los aguaceros, el frío y la neblina hay un homenaje a los que estrenaron conmigo aquel desamparo. Volví a El Nicho en 2011. Habían pasado 30 años del septiembre en que el barco Escambray me dejó allí por primera vez. Ese día se me ocurrió esta historia. 
Agradezco a Esther María Hernández, Grisel Jaime Álvarez, Arturo Arango y Tania Costa, los primeros lectores de este libro, cada comentario, opinión o reclamo. Todo el tiempo que le dedicaron al manuscrito fue muy valioso, tanto para los personajes como para mí. 
Una última cosa: cualquier coincidencia que el lector encuentre aquí puede no ser casual.
La Loma de Thoreau, diciembre de 2025

25 diciembre 2025

Los mudos de la montaña

El diseño de la cubierta y de toda la colección
de Libros del Fogonero es de Leonardo Orozco.

Creo que al fin pude encauzar esa manía campesina de madrugar. Durante casi todo 2025, me levanté a las cinco de la mañana a escribir. Gracias a esa disciplinada costumbre y a que en Madrid el día empieza demasiado tarde, logré concentrarme en escribir este libro. 
Atlántida (2023), mi primera novela (algunos ponen en duda que lo sea), me tomó demasiados años, más de veinte si mal no cuento. A esta (que ya no creo que deje dudas sobre su género) apenas le dediqué unos pocos meses. Sin embargo, sus personajes y su fábula estuvieron dentro de mi cabeza desde mucho tiempo atrás.
Los mudos de la montaña es un homenaje al niño que llegó a El Nicho con apenas once años y a todo lo que me enseñó el Escambray. Pero también es una ofrenda para los que perdieron o desperdiciaron sus vidas intentando ser más libres o, al menos, no ser prisioneros de la realidad.
En este libro aparecen personajes de ficción de los que me ha costado mucho trabajo despedirme. También actúan cubanos reales de los que estoy muy agradecido: Bladimir Zamora, Sigfredo Ariel, Salvador Lemis, Vicente Revuelta, Tomás Gutiérrez Alea, Mario Coyula, Marianela Boán, Eduardo Lozano y Renay Chinea, entre otros.
En febrero será presentada en Santo Domingo y en marzo en Madrid. Para los escasos de paciencia, pronto estará disponible en Amazon. Están todos invitados a navegar conmigo por el lago Hanabanilla y a pernoctar en El Nicho, un lugar al que le debo mi pasión por las montañas, el hecho de que prefiera el arroyo de la sierra al mar.

07 diciembre 2025

Es hora de empezar a dejar de ser un niño


En los encuentros familiares, cuando los primos nos reuníamos, mi abuela Atlántida siempre hacía notar cuánto yo cuidaba mis juguetes. Todos conservaban sus cajas intactas y no tenían ni el más mínimo rasguño.
Años después me diagnosticarían un TOC. Un siquiatra dominicano explicó el esmero que ponía aquel infante cubano en que trenes, carritos y granjitas parecieran sin estrenar.
De viejo, seguí cuidando juguetes. Los 25 años que he tenido acceso libre a jugueterías me han permitido coleccionar muchos carritos. Todos están impecables, pero una gran amenaza se cierne sobre ellos: David Aurelio.
Por eso he decidido despedirme antes de que caigan en manos de mi nieto. Hoy los guardé en una caja hasta que él tenga edad para destrozarlos. Pronto cumpliré 60 años, es hora de empezar a dejar de ser un niño.