miércoles, 16 de mayo de 2012

Cuando Carlos Fuentes volviera a La Habana

 
Hace unos diez años le hice una entrevista a Carlos Fuentes. Su exagerada amabilidad llegó a confundirme. Nunca me hizo sentir culpable por hacerle perder el tiempo. Menos aún por obligarle a repetir algunas de las cosas que había dicho ya, incontables veces, sobre Instinto de Inéz (la presentación de esa novela fue la razón del encuentro).
Un percance con el cassette de la grabadora (¡aún eran de cassettes!), tampoco logró impacientarlo. Aproveché esos minutos para comentarle mi primera lectura de Aura, que fue también mi primera lectura de Carlos Fuentes. Le confesé que mi ejemplar (era de la Colección Honda de Casa de la Américas) había sido devastado por las polillas y le faltaban frases enteras.
–Quizás esos insectos hicieron un buen trabajo de edición –me dijo antes de una carcajada súbita y breve.
Carlos Fuentes me llamaba por mi nombre y me hablaba como si fuéramos viejos conocidos. Lo hacía con tal naturalidad, que por un momento pasé por alto sus modales de diplomático y llegué a creerme la cercanía que él había establecido. Él me decía Camilo y yo le decía Carlos. Nos tuteábamos.
Mi lista de temas a tratar era muy reducida, como su tiempo para la entrevista. La realidad mexicana y su nueva novela debían ocupar casi todas las respuestas. Pero aproveché un momento en que él mencionó a Cuba y le hice tres preguntas sobre mi país:

Durante los años sesenta usted se identificó en extremo con la revolución cubana, incluso fue miembro del consejo de redacción de la revista Casa de las Américas, al cual renunció después del Caso Padilla. ¿Ha vuelto a reunirse con los amigos que dejó allí?
Nunca más volví a Cuba después de los ataques que me lanzó Roberto Fernández Retamar, esos injustos insultos me hicieron imposible volver a visitar la isla. He tenido muchos contactos con cubanos de Miami, pero no del exilio retrogrado y duro, sino de la gente que está buscando alguna forma de conciliación para que en Cuba haya una transición poscastrista democrática y pacífica. Pero a los de adentro no los he vuelto a ver, digamos que no hemos coincidido.

He oído un lejano rumor de que Gabriel García Márquez le tiene casi convencido para que vuelva a Cuba antes de que Fidel muera. ¿Es cierto?
No, no es cierto. No me interesa regresar. Tengo demasiadas desavenencias y allí está la presencia de gente que me ha calumniado, que me ha atacado sin base alguna, sin ninguna razón, de manera de que no tengo el deseo de estrechar ciertas manos en Cuba.

Cuando vuelva a La Habana, sea cuando sea, ¿qué es lo primero que hará?
Lo primero que haré al llegar a La Habana es visitar una casa que para mí es un lugar sagrado, sí, cuando llegue a La Habana lo primero que haré es ir a la casa de José Lezama Lima.

Cuando supe que había muerto, lo primero en que pensé fue en su viaje de regreso a La Habana, en lo que haría al llegar. La imposibilidad de que eso ocurra me produjo más desasosiego que todos los libros que dejó a medias. Espero que él me perdone ese acto de egoísmo… Supongo que sí. Al fin y al cabo él me decía Camilo y yo le decía Carlos. Nos tuteábamos.

viernes, 4 de mayo de 2012

El zoológico de cristal*

 
En el batey del ingenio Hormiguero había un zoológico. Al final de un laberinto de hiedras y arbustos desconocidos, estaban las jaulas. Como una de las hijas de don Fernando De la Riva padecía de claustrofobia y aborrecía cualquier tipo de encierro, tuvieron que retirar los balaustres y en su lugar pusieron gruesos cristales.
Un león de los pantanos del Okavango, un tigre siberiano, un oso pardo y una infinidad de monos procedentes de las más remotas latitudes, permanecieron allí por años. El zoológico de cristal del ingenio Hormiguero fue la gran atracción de la zona y el trasfondo de innumerables fiestas de quinces y bodas.
En la noche, los rugidos de aquellas fieras se escuchaban aún más alto que el ruido incesante de la maquinaria del ingenio. Nunca le faltó nada a ninguno de aquellos animales. Cada semana se sacrificaba un toro para los felinos y en el tren de la madrugada, con toda puntualidad, llegaba desde La Habana una caja con salmones de Alaska para el oso.
Cuando la familia De la Riva abandonó el país, a mediados de 1960, le fue imposible cargar con sus fieras. El león del delta del Okavango, el tigre siberiano, el oso pardo y la infinidad de monos pasaron a formar parte de los bienes intervenidos por el Gobierno Revolucionario.
Muy poco tiempo después el oso tuvo que acostumbrarse al sabor a tierra de las biajacas.  El león y el tigre aprendieron a comer del mismo salcocho que les daban a los cerdos. La mayoría de los monos se murió de una enfermedad fulminante y los que quedaron fueron desapareciendo poco a poco.
En los días más tensos de la zafra del 70, hubo un problema con el abastecimiento de comida y el central amaneció sin nada que echarle a los calderos para el almuerzo. De inmediato alguien dio la orden de que se sacrificaran las fieras del zoológico. El asunto se manejó con tanta discreción, que ninguno de los obreros supo que aquel fricasé era de tres carnes: león, tigre y oso.
Pocos días después, el nuevo administrador del central hizo que colgaran la cabeza disecada del león en su oficina, entre una foto de Camilo Cienfuegos y otra de Ernesto Guevara. Los tres, tanto el felino como los guerrilleros, lucían unas melenas impecables.

*Este texto está incluido en ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, el libro que se presentará el próximo lunes, a las 7 de la tarde, en Casa de Teatro, Santo Domingo.

martes, 24 de abril de 2012

Capital Books se estrena con libros de Mario Dávalos y Camilo Venegas

SANTO DOMINGO. Capital Books, una nueva aventura editorial dominicana, se estrena con dos libros de cuentos de Mario Dávalos y Camilo Venegas. Según sus gestores, el proyecto permitirá llevar adelante ediciones que promuevan la creatividad y la comunicación dominicanas.
“Capital Books conectará a creadores dominicanos con los que estén dispuestos a auspiciar la difusión de sus obras. Los libros que marcan el comienzo del proyecto son los que lo inspiraron. Todo empezó porque Camilo y yo teníamos queríamos publicar nuestros inéditos”, dijo Mario Dávalos.
Todo lo que quiero es olvidar, de Mario Dávalos, y ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, de Camilo Venegas, serán presentados, por Freddy Ginebra y el escritor cubano Alejandro Aguilar, el próximo lunes 7 de mayo en Casa de Teatro.
Los libros de narrativa de Dávalos y Venegas tienen algo más en común. Ambas obras parten de la experiencia de los abuelos maternos de los autores para trazar un mundo imaginario, donde la ficción se mezcla con las experiencias de vida de ambos.
Moca, en República Dominicana, y Paradero de Camarones, en Cuba, se convierten en dos geografías paralelas que coinciden en un punto, el sentido de pertenencia y la identidad. Mario Dávalos y Camilo Venegas actualmente laboran en proyectos de publicidad y relaciones públicas, de ahí su interés por promover la comunicación y la creatividad entre los dominicanos.
Según los autores, las reglas del juego editorial han cambiado radicalmente y ahora son los propios creadores los que tienen que gestar sus proyectos para que alcancen a los lectores de diferentes maneras. El libro impreso, aunque para ellos es la más tradicional, todavía sigue siendo indispensable. 

lunes, 23 de abril de 2012

Se lo debo a los tipos que aparecen en la foto

 
Cuando yo era niño mi provincia era tres veces más grande de lo que es hoy. El equipo de pelota que nos representaba era mayor en idéntica proporción. Las Villas (y antes Azucareros) resumía nuestra manera de ser, ponía en escena (y en juego) nuestros gestos y esencias.
Hace unos días compartí esta fotografía con Renay Chinea (quien carga sobre sus espaldas, allá en Cataluña, el peso del fundamentalismo villareño) y Emilio García Montiel (quien todavía recuerda aquella pelota como los griegos a su literatura clásica).
En la imagen aparecen, de izquierda a derecha, Pedro José Rodríguez, Sixto Hernández y Antonio Muñoz. Esos tres individuos, junto a Héctor Olivera, Víctor Mesa, Pedro Jova, Lourdes Gourriel y Alberto Martínez, entre otros, me enseñaron a ser cubano de una manera que los libros de historia nunca pudieron.
Cada turno al bate de Cheíto, el Señor Jonrón, y de Muñoz, el Gigante del Escambray, reafirmaba en mí algo que después entendí como sentido de pertenencia. Soy guajiro porque soy parte del mismo lugar que ellos. No puedo ser habanero porque estaría traicionando las convicciones que ellos me inculcaron.
Mañana comienzan los Play Off de la 51 Serie Nacional de Béisbol en Cuba. Por razones que tienen que ver con divisiones político-administrativas y no con la identidad de lo los fanáticos que asisten a los estadios, Las Villas participará dividido en tres: Cienfuegos, Villa Clara y Sancti Spiritus.
Yo también estaré dividido en tres a partir del primer inning del primer juego. Se lo advierto desde ahora a los que tendrán que lidiar conmigo. Es algo incontrolable que está por encima de todo. No es mi culpa, todo se lo debo a esos tipos que aparecen en la foto.

martes, 10 de abril de 2012

La Cofradía de los Elegidos

 
La jornada debía concluir con una lectura de poemas en la librería Books & Books. Además de compartir versos y destilaciones con Carlos Pintado, pude abrazar a entrañables amigos. Allí se demostró que a veces, solo a veces, Gardel tiene razón. 20 años parecía no haber sido casi nada.
El punto final a la lectura se lo puso la voz de Pancho Céspedes, quien lloró y cantó a capella. Luego hubo que esperar a que Eloy Ganuza terminara de trabajar en el canal de televisión. Llegamos un poco tarde. Ya José Luis Barba había empezado a cantar.
Después se sumaron Ana María (a quien no veía desde que era niña, allá en Cienfuegos, cuando ella cantaba en el Grupo Ismaelillo), Gema Correderas (quien andaba acompañada por Camila, su hija, otra mujer que yo solo conocía de niña), Lázaro Horta y Pancho.
Aunque ya estaba dentro de la casa, no acabé de llegar hasta que por fin me encontré con Eloy Ganuza. El abrazo fue muy largo y duro (todo lo duro que aprietan las zarpas de Eloy). No puedo negar que lloramos mucho, todos nos vieron. Ese acto bastó para que sobrepasáramos tanto tiempo y comenzáramos a disfrutar en tiempo presente.
La noche tuvo muchos momentos que, en boca de un animador, pudieran describirse como inolvidables. Pero si yo tuviera que elegir uno, me quedaría con una frase que dijo Eloy durante su intensa catarsis: “El país y la casa de uno es el espacio que pueda llegar a construir para compartir con los amigos”.
Eso explica el afán que él, Carlitos y Pancho tienen con La Cofradía de los Elegidos. Sesiona en Coral Gables, pero su localización no está determinada por la geografía sino por el espíritu de los convocantes. Por eso es que para poder entrar hay que pedirle la llave a uno de ellos.
Solo espero que nunca me dejen afuera. Si oyen que alguien hace mucho ruido en la calle, tanto que llega a enfurecer al vecino veterano de Irak, ese soy yo. ¿Oíste, María Isabel Díaz?

lunes, 9 de abril de 2012

Cuatro poemas en Books & Books

La lectura en la librería Books & Books, de Coral Gables, fue solo un pretexto para convocar al evento más relevante de la noche, que fue la sesión de la Cofradía de los Elegidos (esa secta espirituosa que encabezan Eloy Ganuza y Pancho Céspedes). 
Aún así, Carlos Pintado y yo estamos felices por todos los reencuentros que allí se produjeron. Nunca podremos agradecer lo suficiente a Javier Iglesias, que hizo posible el suceso, y a Ernesto, que cometió el exceso de filmarlo. 

 




Los buitres

 
Fue un día extenso, ocurrieron demasiadas cosas.
Pusimos el reloj para las cinco y media.
Aunque el GPS insistía en que tomáramos otras rutas,
elegimos seguir por toda la Calle 8
hasta vernos flanqueados por los canales.
Sobre Miami caía una llovizna incesante.
Una anciana, aún medio dormida,
se llevó una luz roja y estuvo a punto de chocarnos.
Justo en ese momento pusiste algo de música.
Pero la quitaste de inmediato.
Preferimos el silencio de la ciudad,
aquella penumbra inalterable
que nos enseñaba el camino hacia los Everglades.

Cuando regresamos ya era de noche.
En el trayecto habíamos repetido varias veces
la canción que quitaste al principio.
Las luces de Coral Gables nos parecieron insuficientes.
Nada lograba aclarar aquella oscuridad
que traíamos dentro.
Ni siquiera la Luna Llena le agregaba luz al domingo.

Se haría tedioso describir todo lo que hicimos,
pero tengo la sospecha
de que al final solo recordaremos
la escena del aligátor moribundo.
Un miccosukee permanecía inmóvil,
cruzado de brazos,
mientras los buitres se abalanzaban.
Aún se movía.
Acababa de ser atropellado por una camioneta.
Redujimos la velocidad.
Te pedí que sacaras la cámara.
Nos quedamos unos segundos mirando fijo,
los suficientes para resumir
un día extenso, en el que ocurrieron demasiadas cosas.

Atando cabos

 
Hace una semana que no escribo nada, que no tengo nada que decir. La muerte de Heriberto Hernández me ha hundido en un raro silencio. Me acababa de tomar un café y miraba por la ventana del hotel, en dirección al nuevo estadio de los Marlins.
Por eso aún asocio el mensaje de Alfredo Zaldívar con aquella taza amarga, sin nada de azúcar: “Una pregunta urgente. La familia de Heriberto Hernández pregunta si es cierto que murió. Díganme si saben algo. No tengo a quien preguntarle. Arístides también me escribió por el mismo tema. Ojalá sea mentira. Qué horror. Disculpen”.
Estuve a punto de responderle que eso era falso, que hacía apenas unas horas habíamos compartido, junto a otros amigos entrañables, una noche espléndida. Pero le comenté a Diana y ella me sugirió que primero llamara al único teléfono que teníamos. Salió la voz de Heriberto, pidiendo que le dejara un mensaje.
Entonces se me ocurrió entrar a su Facebook. Encontré un muro lleno de velas encendidas. Poco después, los que celebramos junto a él su última noche, empezamos a compartir fotos, frases, ideas, cualquier cabo suelto que nos permitiera atar cada detalle, desde las 8 de la noche hasta las 6 de la mañana.
Hace una semana que no escribo nada, que no tengo nada que decir. Todo ese tiempo he permanecido dando vueltas en el mismo lugar. Recuerdo que llegó un momento en que nadie pudo más. Emilio tenía gripe; Gerardo se iba de viaje; Juan Carlos, Javier, Germán, Joaquín, Tinito y nosotros debíamos hacer cosas desde bien temprano.
Nadie sospechó nada en ningún momento. Ni siquiera Heriberto. Solo de eso estoy convencido.

miércoles, 4 de abril de 2012

Heriberto Hernández Medina

 
Quería escribir sobre nuestro encuentro a mi regreso a Santo Domingo. Los dos semanas en Miami sucedieron a demasiada velocidad, no me daban tiempo a nada. Pero ahora, en el aeropuerto de Fort Lauderdale, por fin puedo abrir la computadora. Afuera, una aeronave de JetBlue  recuerda a su “pájaro azul”.
Heriberto Hernández Medina era un hombre de éxito. Arquitecto y poeta. Parecía ser el que mejor de todos nosotros había entendido al capitalismo. De lejos, su corpulencia podía pasar por gringa. Solo una cosa delataba su origen, aquel incorregible caminao de guajiro de Camajuaní.
Todo su peso me cayó encima en el primer abrazo. Fue en el patio de Books & Books, donde Carlos Pintado y yo tuvimos una lectura de poemas. Habíamos estado 13 años sin vernos, pero la conversación no daba esa impresión. Hablamos muchas cosas sin importancia, como hacen los amigos que comparten todos los días.
Quedamos en encontrarnos el sábado en la noche en su casa. Allí estaban Emilio García Montiel, Gerardo Fernández Fe, Juan Carlos Valls, Verónica Cervera, Joaquín Badajoz, Javier Iglesias, Germán Guerra, Tinito Díaz... Fue una noche larga. Volvimos a hacer los mismos cuentos que hicimos siempre, recordamos lo que siempre merece ser recordado. A las 6 de la mañana por fin nos fuimos.
Al final la borrachera nos dio por el Premio Nacional de Literatura. Entregamos unos cuantos y retiramos otros tantos. Alguien pidió que se leyeran poemas, pero la reunión no se prestaba para eso. Había demasiadas cosas que recordar (advertimos que estamos viejos, que ya empezamos a perder la memoria).
Heriberto reconstruyó con lujo de detalles los sucesos de la Librería El Pensamiento, en Matanzas. Emilito trató de dar con la orquesta que tocó algo sobre las guaguas Hino. Gerardito regaló su nueva novela. Javier organizó futuras tertulias. Germán resumió la visita de Ratzinger a Cuba. Juan Carlos reconcilió lo más que pudo. Tinito hizo silencio.
Ya nos íbamos, pero Heriberto me hizo regresar desde la calle hasta su estudio. Subimos unas escaleras hasta dar con tres fotos de Lezama que le acababan de regalar: Lezama en su sillón, tabaco en mano. Lezama otra vez sentado, mientras Baldomera permanecía a su espalda. Lezama sofocado, encallado como una ballena en el mismo medio del Prado.
Esa fue la última vez que lo vi. Estaba feliz, felicísimo. Cuando di la espalda, en el interior de su casa aún se oía la voz de Marta Valdés. Su música fue la única que oímos en toda la noche. Al día siguiente, a las 5:49 p.m., me envió un mensaje de texto: “Llámame”. Lo vi demasiado tarde, pensé que ya estaría durmiendo. Nunca sabré lo que quería decirme.

jueves, 29 de marzo de 2012

Allí la única que no quedó mal fue Cachita

 
Cuando Benedicto XVI se subió al Pastor Uno, el avión que lo llevaría de vuelta al Vaticano, en La Habana llovía torrencialmente. Eso impidió que los actos protocolares se celebraran con la rimbombancia prevista. Antes, en el santuario de El Cobre, un golpe de aire le voló la capa y le cubrió el rostro.
Algunos supersticiosos cubanos (que son muchísimos más que los católicos) le acreditan esas dos señales a Cachita. La Virgen del Cobre, según ellos, había dejado constancia en ambos actos de su gran inconformidad con la actitud asumida por la Iglesia Católica durante la visita del Papa.
Cuando Juan Pablo II llegó a Cuba, en 1998, la web 2.0 era algo inimaginable. En aquel momento los hechos fueron contados de manera oficial, por una parte o por la otra. En 2012 eso es ya imposible. Todos los esfuerzos por controlar la información fueron infructuosos.
La misa de Santiago de Cuba duró más de dos horas, pero lo que más ha trascendido de ella son los segundos en que un camillero de la Cruz Roja cubana le pegó sin misericordia a un hombre reducido. Primero le dio con el puño, luego con la camilla y después otra vez con el puño.
La misa de La Habana fue más extensa aún. Pero la frase que más se ha reproducido de ese momento no se dijo en la Plaza de la Revolución sino en Twitter, cuando Yoani Sánchez parafraseó a Juan Pablo II y pidió que Cuba se abriera a Cuba. Mientras eso sucedía, decenas de jóvenes se mantenían secuestrados para que no pudieran asistir a la celebración.
La visita del pastor alemán a Cuba también ha servido para dejar algo claro. Los cubanos no pueden esperar nada de la Iglesia Católica. El cardenal Ortega lo ha demostrado en cada una de sus genuflexiones. En su afán por quedar bien con Dios y con el diablo, llegó a ordenar a fuerzas represivas el desalojo de un templo.
Cuando Benedicto XVI era todavía el cardenal Ratzinger, le llamaban “el guardián de la fe”. En Cuba fue capaz de todo, incluso de reunirse a escondidas con Hugo Chávez, por tal de seguir cumpliendo ese objetivo. Él busca alianzas, privilegios y concordatos que de poco le sirven a los cubanos de hoy.
Allí la única que no quedó mal fue Cachita. La ventolera de El Cobre y el aguacero en venganza son testigos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Reunión en Books & Books

 
En 1991, al cabo de una década sin poder tocar juntos, se volvieron a encontrar el saxo de Paquito D’Rivera y la trompeta de Arturo Sandoval. El testimonio de aquel suceso es el disco Reunión (1991), una de las obras cumbres del jazz latino.
Carlos Pintado y yo no tenemos el aliento de esos maestros de la cubanidad, nosotros apenas sabemos tantear el silencio. Pero eso no quiere decir que nuestros versos carezcan de sonidos. Por más lejanos que parezcan, en ellos siempre suena alguna música nuestra.
Mañana, a las 8 de la noche, en la librería Books & Books de Coral Gables, Carlos y yo volveremos a leer poemas juntos. Al cabo de una década sin poder vernos en persona (en Facebook nos abrazamos a diario, no pasa un día sin que compartamos algo, cualquier bobería) coincidimos en un mismo punto otra vez.
He estado al tanto de todo lo que ha escrito Carlos durante todo este tiempo. Me consta que él pasa por El Fogonero con demasiada regularidad. De manera que nuestro encuentro en la tertulia de Books & Books es solo un pretexto para abrazar a otros amigos y dialogar un rato con ellos.
El recital de poemas es un pretexto. Lo que en verdad queremos es compartir la alegría que significa una reunión que, de tener sonido, quisiéramos que se parezca al del saxo de Paquito D’Rivera o la trompeta de Arturo Sandoval. 

lunes, 26 de marzo de 2012

El agente Jaime

 
Al cardenal Jaime Ortega la sotana le queda como una bata de casa. Dos cosas ayudan a eso, sus gestos y su actitud. Camina por el templo como si fuera de la sala al comedor. Maneja a la iglesia como un ama de llaves. Lleva y trae mandados. En el ínterin, ordena acciones de limpieza.
"La Iglesia tiene ahora más agentes pastorales: sacerdotes y religiosas”, dijo recientemente el inefable cardenal. Es probable que usara la palabra agente por torpeza (su vocabulario es limitado, casuelero, solo hay que oírlo), o que se le enredara la lengua tratando de no decir una cosa por otra.
Pero el agente Jaime (aprovecho su propia definición) no siempre dice la verdad cuando trata de no mentir. No es cierto que el régimen cubano, acogiendo gestiones de su iglesia, liberara a 53 disidentes (a quienes él, cobardemente, llama “detenidos”).
Esos cubanos opositores, en realidad, fueron enviados a un destierro forzoso. En esa perversa maniobra, la iglesia católica del agente Jaime sí tuvo “una activa participación como mediadora”. Paciencia que no alcanzó a tener cuando ordenó un desalojo sin precedentes en la historia de los templos y las dictaduras de Latinoamérica.
Hoy el agente Jaime es un gran anfitrión. Ha invitado a comer a importantes jefes de estado. A eso se debe que en las fotos más recientes siempre se le vea nervioso. En una de ellas, estruja la sotana como hacen las amas de casa con sus batas, machucándola con los dos puños. 
Hoy será un día largo. Sobre todo para los cubanos que nunca han perdido la fe y que esperan, pacientes, a que todo llegue. Lástima, caramba, que ahora les toque semejante intermediario.

martes, 20 de marzo de 2012

El anhelo de Gauck

 
La foto de Joachim Gauck sentado en la primera fila de la Asamblea Federal de Alemania, cabizbajo, rodeado de aplausos, me hizo pensar en el futuro de mi país. Joachim era un connotado disidente en la República Democrática Alemana y ahora es el presidente del país que se unificó en 1990.
Justo el pasado 18 de marzo, día en que fue investido, se cumplieron 22 años de las primeras elecciones libres en el lado este del Muro de Berlín. “Llevábamos demasiado tiempo sin votar”, recordó Gauck en su discurso. A tres asientos del nuevo presidente, la canciller Ángela Merkel sonreía. Ella también proviene de aquel país ya inexistente.
Más de una vez he tenido la misma discusión con más de un amigo cubano. Se trata de aquellos que no ven entre nuestros disidentes a nadie capaz de ocupar un puesto relevante en el futuro. Uno, incluso, se apresuró a aclarar que un blog no es literatura, como si eso invalidara aún más a los que han tenido el valor de comunicar, literalmente, ese pavor cotidiano que es el diario vivir en Cuba.
El futuro es impredecible incluso para los que más saben de pronósticos. Pero yo estaría feliz si algún día los cubanos podemos vivir el anhelo de Gauck. Lo importarte ahora es recuperar el derecho a decidir delante de una urna. Lo demás, depende de todos los que estemos dispuestos a participar de eso.