Hace unos diez años le hice una
entrevista a Carlos Fuentes. Su exagerada amabilidad llegó a confundirme. Nunca
me hizo sentir culpable por hacerle perder el tiempo. Menos aún por obligarle a
repetir algunas de las cosas que había dicho ya, incontables veces, sobre Instinto de Inéz (la presentación de esa novela fue la razón del encuentro).
Un percance con el cassette de la
grabadora (¡aún eran de cassettes!), tampoco logró impacientarlo. Aproveché
esos minutos para comentarle mi primera lectura de Aura, que fue también mi primera lectura de Carlos Fuentes. Le
confesé que mi ejemplar (era de la Colección Honda de Casa de la Américas)
había sido devastado por las polillas y le faltaban frases enteras.
–Quizás esos insectos hicieron un
buen trabajo de edición –me dijo antes de una carcajada súbita y breve.
Carlos Fuentes me llamaba por mi
nombre y me hablaba como si fuéramos viejos conocidos. Lo hacía con tal
naturalidad, que por un momento pasé por alto sus modales de diplomático y
llegué a creerme la cercanía que él había establecido. Él me decía Camilo y yo
le decía Carlos. Nos tuteábamos.
Mi lista de temas a tratar era muy
reducida, como su tiempo para la entrevista. La realidad mexicana y su nueva
novela debían ocupar casi todas las respuestas. Pero aproveché un momento en
que él mencionó a Cuba y le hice tres preguntas sobre mi país:
Durante los años sesenta usted se identificó en extremo con la
revolución cubana, incluso fue miembro del consejo de redacción de la revista Casa
de las Américas, al cual renunció después
del Caso Padilla. ¿Ha vuelto a reunirse con los amigos que dejó allí?
Nunca
más volví a Cuba después de los ataques que me lanzó Roberto Fernández Retamar,
esos injustos insultos me hicieron imposible volver a visitar la isla. He
tenido muchos contactos con cubanos de Miami, pero no del exilio retrogrado y
duro, sino de la gente que está buscando alguna forma de conciliación para que
en Cuba haya una transición poscastrista democrática y pacífica. Pero a los de
adentro no los he vuelto a ver, digamos que no hemos coincidido.
He
oído un lejano rumor de que Gabriel García Márquez le tiene casi convencido
para que vuelva a Cuba antes de que Fidel muera. ¿Es cierto?
No, no es cierto. No me interesa regresar. Tengo
demasiadas desavenencias y allí está la presencia de gente que me ha
calumniado, que me ha atacado sin base alguna, sin ninguna razón, de manera de
que no tengo el deseo de estrechar ciertas manos en Cuba.
Cuando
vuelva a La Habana, sea cuando sea, ¿qué es lo primero que hará?
Lo
primero que haré al llegar a La Habana es visitar una casa que para mí es un
lugar sagrado, sí, cuando llegue a La Habana lo primero que haré es ir a la
casa de José Lezama Lima.
Cuando
supe que había muerto, lo primero en que pensé fue en su viaje de regreso a La
Habana, en lo que haría al llegar. La imposibilidad de que eso ocurra me
produjo más desasosiego que todos los libros que dejó a medias. Espero que él
me perdone ese acto de egoísmo… Supongo que sí. Al fin y al cabo él me decía
Camilo y yo le decía Carlos. Nos tuteábamos.









